UN BICHO RARO


Desde pequeño he sido una persona tímida e introvertida, con lo cual, no me relacionaba mucho con los demás. Entonces, la gente no dudaba en calificarme como un “bicho raro”, incluso, dentro de mi propia familia. Ahora han pasado los años. Dicen que todos maduramos; que todos cambiamos, y yo lo he hecho de manera notable, a pesar de que en el subconsciente aún quedan arraigadas pequeñas fracciones de mi carácter inicial, que a menudo brotan dificultando aún un poco mi relación plena con los demás. Pero miro alrededor y me percato que la gente siempre encuentra también en los otros a esos “bichos raros”, que no actúan como ellos piensan que debería actuar todo el mundo o que no hacen lo que a ellos les gustaría que hiciesen.
Es curioso que siempre sean los demás los "bichos raros". A veces incluso nos podemos encontrar gente sumamente hipócrita con el trato diferente con unos a la cara o a las espaldas; gente que es envidiosa y puñetera; gente que siempre está quejándose... y aun así, los otros, los que no tienen estos mezquinos rasgos de personalidad y son más sinceros, más francos, humildes, o tranquilos... son los raros.
Si ser una persona honrada, sincera, que no hace la pelota o le baila el agua a nadie, tranquila, que olvida o deja pasar las ofensas que le causan los otros, o sencillamente que vive su vida con total libertad e independencia, es ser raro... me sabe mal, pero yo estoy encantado de ser así: un chico muy raro, que dentro sus rarezas, es seguramente más feliz que todos esos otros que un día tras otro, le miran de mala gana, o que hablan mal a sus espaldas, o que buscan constantemente sus defectos, o que señalan sus errores, o que querrían borrarlo de su vista, o que le harían todo el daño que pudiesen...
Desgraciadamente, parece que estos "bichos raros" son realmente escasos o exóticos, pero quizá si hubiese más, el mundo sería un poco mejor, más tranquilo, pacífico y agradable. Y si por no ser tildado de "bicho raro", prefieres someterte a lo que otros dirán o quieren a que hagas, digas o piensas... parece que, como los otros “bichos normales”, estaràs condenado a la falsedad, a la inseguridad, a la intolerancia, a la comparación, al menosprecio y por tanto, irás de camino directo hacia la infelicidad. Es tu elección.
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--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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EL SENTIDO DE LA FE

A menudo los seres humanos han debatido sobre la existencia o no de fuerzas divinas. Se dice también que creer en algo no visible ni demostrable científicamente, es sólo cuestión de fe. La fe, simplemente se tiene o no se tiene. Pero ¿Qué es la fe? Dicen que mueve montañas. ¿Cómo lo podríamos explicar?

Quizá podamos utilizar el sencillo ejemplo de las espinacas. Se dice que hacia 1930 las autoridades sanitarias de un conocido país se vieron desbordadas por el aumento del número casos de anemia producidos por la falta de hierro. Pronto se iniciaron campañas entre la población para popularizar el consumo de alimentos ricos en este mineral. Según un estudio publicado en el año 1870 y por un error en la trascripción del intérprete, se trascribieron mal los datos originales, corriendo los decimales de la cifra y por tanto, multiplicando por diez el contenido en hierro de las espinacas.

Este error dio lugar a que se disparase la producción y el consumo de espinacas, incluso llevándolo a la televisión a través de un personaje animado que al tomar espinacas, cobraba una fuerza y vigor espectaculares. Aunque luego se descubrió el error, el aura del personaje siguió eclipsando la realidad y el mito aún persiste en nuestros días.

Esto explica el poder de la fe. Los seres humanos parece que necesitamos creer en algo para movilizarnos, para producir y consumir espinacas, para verlo en la televisión, indistintamente que el origen de esa creencia esté fundamentado en errores o imperfecciones. Creer en algo nos ayuda a ser mejores, a sacar fuerzas, a mover el poder de la humanidad. Y mientras, los que no creen, los que están convencidos de que estamos aquí por una serie de mutaciones aleatorias, producto de la evolución, quizá se limitan a vivir, naciendo, creciendo, trabajando, amontonando riquezas, reproduciéndose y envejeciendo sin más, como robots, tal vez también sin preocuparse por los demás.

--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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UNA QUEJA

A menudo oigo la gente quejarse: si está calvo, si tiene demasiado pelo, si tiene trabajo, si no tiene trabajo, si tiene los cabellos rizados o si los tiene demasiado lisos; si está casado o si no tiene pareja; si está solo, o si un pesado quiere que le acompañe a algún sitio; si tiene hijos chicos o si son chicas; se queja también del tiempo, de los políticos, de los vecinos, de la programación televisiva, de los anuncios, de la manera de pitar el árbitro o del entrenador de su equipo de fútbol favorito... Así, sea como sea, parece que todos nos quejamos de todo. ¿A qué se puede deber tanta insatisfacción? Se dice también que debemos aprender a ser optimistas, pero la mayoría parece que ve más fácilmente el lado oscuro de las cosas. ¿Porque vemos siempre la parte más miserable de las cosas y somos más proclives al pesimismo y la queja?

Quizá todo se deba que nos han educado más así y tenemos esta actitud aprendida, y por tanto, una oscura manera de ver la vida programada en nuestro subconsciente. Pero por otro lado, lo curioso es que cuando nos quejamos de los otros, siempre lo hacemos a sus espaldas: tampoco hemos aprendido o nos han enseñado a decir las cosas a la cara, sin ofender, buscando las soluciones para llevar a cabo la mejor convivencia. También a menudo nos gusta quejarnos, pero cuando alguien se queja de nosotros, eso no nos gusta tanto. Parece que nos ofende.

Entonces, esto nos permite ver la compleja dimensión de las relaciones humanas, que como seres dotados de inteligencia, en lugar de buscar soluciones, una vez tras otra nos enfrascamos creando problemas y más problemas de diversa índole, que a menudo nos cargamos en la mochila negra, quizá buscando utilizar posteriormente nuestra inteligencia para tratar de solucionarlos. No es por nada, pero parece un derroche de energía. ¿Acaso no tenemos nada mejor que hacer?

Quizá el primer paso para corregir esta manera de ver las cosas y de actuar, es percatándonos de estas actitudes arraigadas en nuestra manera de ser y ver que también nos rodean en el grupo de personas entre las que nos movemos. Una vez detectadas, el siguiente paso consistirá en hacer el esfuerzo necesario para liberarse de ellas y corregirlo, aprendiendo a ser más positivos. Por supuesto que no debe ser nada fácil encontrar el lado positivo de una tragedia. No hay optimismo que valga, pero seguro que con el tiempo, la práctica y las últimas vivencias, si no nos dejamos arrastrar ni alimentamos el negativismo, veremos como surgen nuevas oportunidades que aportarán luz y color a nuestras vidas.

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LA JUSTICIA DIVINA

A menudo, cuando hacemos algún favor a otra persona, la gente mayor dice aquello de: “que Dios te lo pague”. En cambio, si alguna vez alguien hace una cosa mal, también dicen que la vida ya le pasará factura.

No sé si será cierto o no que estamos gobernados por fuerzas divinas o leyes del Kama. El caso es que hace poco tiempo, haciendo la compra de la semana, hubo un producto que no me cobraron. Al revisarlo, viendo que la suma en caja era inferior y no cuadraba con la que yo tenía calculada, me percaté y bien podría haberme quedado con aquello sin decirlo, pero opté por notificarlo al vendedor. Después de revisarlo todo, debí pagar el producto de más que me llevaba.

Curiosamente, aquella misma semana, en otro lugar me devolvieron mal el cambio sin que yo me percatase. Al volver a la semana siguiente por la factura, la dependienta, también una persona honrada como quizá pocas encontramos hoy día, me informó del error en el cambio y me devolvió la diferencia.

Así, quizá cabe pensar que una acción correcta vuelve a uno mismo con otra acción semejante y correcta. ¿Pero qué pasa si hacemos algo mal? Pienso con todos esos casos de corrupción, malversación de fondos, tráfico de influencias... Y en vista que tenemos una justicia que no funciona igual para todo el mundo, y que por tanto no es justa, quizá sólo nos queda el consuelo de pensar en esa justicia divina, pero la lástima es que no siempre se manifiesta, no es palpable, no la percibimos. Seguro que si la recibiésemos de manera visible, el mundo sería otro.

Quizá hemos querido proyectar una vida eterna con premios y castigos que atienden a los intereses terrenales de personas que han buscado reconducir, dominar o condicionar a otros, pero por desgracia, hoy en día poca gente cree en todo esto. Parece que como todo, esto es un producto más de la imaginación del ser humano, que ha creado culturas diferentes con proyecciones diferentes sobre otro mundo después de la vida. Y además, si etiquetamos una cosa como sagrada, se convierte automáticamente en incuestionable e intocable. Así, tenemos demasiados puntos de vista divergentes sobre esa eternidad y su justicia.

Lo cierto es que los desengaños que vivimos en este mundo, cada vez nos provocan creer menos, y si casi como conocemos la totalidad del funcionamiento de este mundo, ¿qué vamos a saber de la divinidad? Tal vez sólo rellenamos los vacíos de lo desconocido con lo que conocemos. ¿Pero qué pasaría si estas trazadas imaginadas tuviesen leves pinceladas de verdad, si realmente hubiese justicia divina?  Hay mucha gente esperando verlo, esperando poder creer.

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EL ORO DE LOS POBRES

Vivimos en un mundo gobernado por el dinero, no por las personas que lo inventaron, que hoy son sus títeres. Así, esta creación ha comprado a las personas, apoderándose de ellas, envenenándolas con la avaricia: una persona con dinero, siempre tendrá poco, nunca tendrá suficiente, siempre querrá más, y más, y más, y más, incluso a costa de los otros, explotándolos, dominándolos, haciendo que pasen sufrimientos y miserias, parece que sin que esto les manche mínimamente la conciencia. Pero además, el dinero también es el origen de los casos de corrupción, del tráfico de influencias, que van desbaratando más esta maltrecha sociedad avariciosa.

Los que no tienen tanta fortuna económica, dicen que el dinero no da la felicidad, pero siempre acaban añadiendo que ayuda. Así, obtener dinero es el fin de todo el mundo. Unos trabajan por dinero, otros esperan que les toque la lotería; también hay quien engaña a la gente para sacarle el dinero, o quien directamente hurta dinero o lo que sea para venderlo y sacar dinero, como es el caso de los robos de los cables del alumbrado urbano. Sin ir más lejos, el otro día, de camino de casa cuando volvía de trabajar, me encontré a dos mujeres gritando a dos jóvenes, que parecían huir saltando entre los muros, escaleras y bancales. Eran poco más de las tres del mediodía. Al pasar por el lado de aquellas mujeres, mostraban gran indignación porque parece que los dos jóvenes habían estado sacando los cables de una farola, situada en el acceso ante un centro educativo. ¡A plena luz del día! ¡Dos jóvenes, en edad de estudiar o trabajar!

El cobre parece que está de moda, que se cotiza bien. Así, los que no tienen oro o les resulta más difícil alcanzarlo, buscan cobre, que es mucho más fácil de obtener: las ciudades están llenas. Una farola por aquí, otra por allá, un parque... Son objetivos sumamente fáciles, pero antes, estas cosas parece que se hacían de noche; ahora ya ni tan siquiera importa. No hace falta hacer turnos nocturnos si de día se ve mejor.

A este paso, entre la crisis y las ciudades asaltadas por los ladrones del cobre y otra clase de vandalismo, como pintadas y otros daños en el mobiliario urbano, pronto parece que nuestras ciudades acabarán pareciendo esas urbes futuristas que vaticinaban las películas del cine, donde se mostraba una sociedad decadente y miserable. No hace falta una guerra. Nosotros mismos iremos conduciéndonos hacia aquí.

Como el petróleo, que parece que vamos tocando fondo, el cobre también se acabará. ¿Qué será lo siguiente?

--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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LAS FRONTERAS DE LA COMUNICACIÓN

Es indiscutible el gran auge que han cobrado las telecomunicaciones en los últimos veinte años. Así, las ventas de teléfonos móviles, desde su creación, han crecido de forma exponencial y cada vez más personas tienen Internet en sus pequeños dispositivos de bolsillo. Por el momento, salvo disponibilidad de la cobertura y carga de la batería, podemos comunicarnos fácilmente desde cualquier parte con personas que están en otro lugar del mundo. Además, las redes sociales también constituyen un gran punto de cita, encuentro y contacto o con el que compartir diversa información. No cabe duda pues, que esta tecnología, en gran medida facilita la comunicación. Pero a veces este progreso también se convierte en un intermediario excluyente del trato cara a cara.

Por poner algún ejemplo reciente que conozco, sé de dos hermanas se comunican entre ellas desde habitaciones contiguas a través de la mensajería instantánea de sus dispositivos móviles, en vez de ir una a la habitación de la otra y hablar personalmente. También sé de casos que han dado por finalizado un noviazgo por teléfono o mensaje de texto. De este modo, si en ocasiones carecemos del valor o las ganas para decirle a la cara algo a una persona, el móvil también es nuestro aliado, y con un mensaje de texto, fácilmente queda el asunto zanjado.

Así, parece que esta cómoda y práctica tecnología también resta presencia y calidez a la comunicación de persona a persona, dotada del tono de la voz, el contexto y los gestos que la enriquecen.

Está bien disponer de la tecnología, que al fin y al cabo está para ayudar y facilitar las diferentes tareas al ser humano, pero si no queremos deshumanizarnos o convertirnos en seres fríos y distantes, creo que en ningún caso debería ser el sustituto de la comunicación y la relación humana directa, que igualmente debemos potenciar al lado de la tecnología.

--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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OJO O RIÑÓN

A menudo utilizamos algunas expresiones como “eso cuesta un ojo de la cara”, o “le ha costado un riñón”, indicando que esto o aquello otro ha resultado sumamente caro. Pero ¿qué es verdaderamente caro en este mundo? Quizá todo lo que consideramos un lujo. Es curioso, pero sin que a mí me parezca ningún lujo, parece cada vez más que la salud, o mejor dicho, la curación en caso de enfermedad, será para quien se la pueda pagar. Así, parece que los recortes por aquí y por allá van haciendo que mengüen las prestaciones y coberturas sanitarias. Por ejemplo, conozco a un chico que tras sufrir un tumor en el hueso de la pierna y que este se reprodujese, en la sanidad pública finalmente le dijeron que la única manera de evitar su reproducción era cortando la pierna, bien arriba, por la ingle, a ras de la cadera.

Esta es una de las personas que se pudo permitir pagar e ir a una prestigiosa clínica del norte de nuestro país, en la que incluso pudieron cambiarle el hueso entero. Yo lo pienso y no podría permitírmelo, ni esto ni una operación de rodilla, un trasplante, etc.

Al paso que vamos, me veo dentro de unos años con lo de las hierbecillas y los curanderos o la amputación por una sencilla fractura, o incluso, muriendo más pronto de lo necesario si sale algún otro problema de salud que requiera aquella intervención que mi sueldo no me permita pagar. Si me pasa a mí, ¡qué le hemos hacer! Pero quizá lo peor de todo es que también afecta a todos los que están a mi alrededor: pareja, padres, hijos... y también a los que están un poco más allá: amigos, compañeros de trabajo, vecinos, conocidos...

¿Dónde vamos a parar? ¿Lo acabaremos consintiendo como lo hacemos con todo el resto? ¿Llegaremos a vender partes de nuestro cuerpo para poder pagar nuestra curación o la de nuestros familiares?

--   Daniel Balaguer  http://www.danielbalaguer.es  https://sites.google.com/site/danielbalaguer
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