BUENOS VECINOS

Mi mujer y yo vivimos en un piso con bastantes vecinos y aunque al principio hubo algún problema porque alguno de ellos puso pegas para que se hiciese una reforma de ampliación de nuestra cocina, que cogía parte del patio, nos llevamos bastante bien con todos, eso sí, sólo con algunos pocos hemos podido establecer una relación mayor, que incluso se ha convertido en amistad. De este modo, el mero hecho de vivir en un mismo edificio, ha permitido ampliar nuestras relaciones sociales con aquellos que han dado pie para ello, mientras que con otros nos limitamos a saludarnos cuando nos cruzamos por la escalera o en el ascensor.
Es agradable ir mucho más allá del saludo o cualquier conversación trivial sobre el tiempo, mientras esperamos o nos desplazamos en el ascensor y llegar a conocerse mejor. Así con algunos de estos vecinos, hemos cenado juntos, hasta celebrando el fin de año; nos prestamos o nos dejamos cosas los unos a los otros e incluso nos hemos ido juntos de excursión o hemos cuidado de sus hijos durante unas horas, que han estado jugando en el patio mientras los hijos de otros vecinos con los que no existe esta relación, han estado en el balcón deseando bajar a jugar.
Esta buena relación existente, recuerda a los tiempos de antaño en los que mi abuela decía que se ayudaban siempre unos a otros, y hasta la vecina tenía llave de nuestra casa y muchas veces ni tan siquiera era necesario cerrar la puerta de la casa, que incluso se la dejaban con las llaves puestas y nunca les entraban a robar. Había vida comunitaria porque se sacaban las sillas a las puertas de las casas y se reunían unos y otros para hablar, para merendar, para ver la gente pasar, para jugar a las cartas o contarse historias o chismorreos. Una tía de mi mujer, dice que todo esto "se aniquiló" con la llegada del televisor.
Antes parece que todo el mundo se conocía y quizá tras la guerra, como se vivieron tiempos de hambre de verdad y miseria, la gente se ayudaba en lo que fuese necesario. No se sabía nada de derechos humanos. No existían la multitud de asociaciones que ahora existen en nuestros días y que tratan de proteger o defender los derechos de un determinado colectivo, uniéndose para hacer fuerza ante una sociedad indiferente e individualista.
Quizá, si todos fuésemos más conscientes de la realidad del otro, conociéndole mejor, si fuésemos más solidarios y atentos, sin duda no sería necesario tanto asociacionismo entre colectivos vulnerables, políticos o religiosos, que acaban atendiendo sólo a los afines o consumen gran cantidad de recursos o que caen en tanta burocracia, que pierden efectividad o incluso llegan a adentrarse en el sectarismo o en el negocio empresarial y capitalista, que busca el beneficio propio, aún en detrimento de los otros.
Así, cuando había dinero, se hacían así grandes y costosos proyectos; todo el mundo gastaba con holgura y muchos se medían con sus vecinos: si tenemos un televisor o una casa más grande, si tenemos tantos coches, si somos socios de este club, si nos vamos de vacaciones a tal sitio…
Llega ahora la crisis y todo son recortes, reajustes en la economía familiar, en las arcas públicas, en las subvenciones a las asociaciones… Y todos nos seguimos encerrando en casa, mirando absortos el televisor, sin hablar, sin conocerse unos y otros, creyendo que todo está tan mal, que no podemos hacer nada, cuando hay vecinos que podrían necesitarnos aún en cosas muy pequeñas que nos pasan desapercibidas. Quizá hay que esperar a pasar una guerra para que las personas nos miremos en vez de medirnos.